martes, 30 de abril de 2013

El madridismo es absurdo

Y a veces tiene la mala fortuna de elegir expresiones fáciles de rebatir. La ocasión lo requiere, y aparece la más manida: "el espíritu de Juanito". Pronto se ha desatado la réplica, -y esta vez no ha sido solo de los más puristas-, señalando al juego. Pues claro, si el Madrid no juega bien, la historia es imposible. Esto lo sabe cualquier madridista, e incluso, muchos de ellos, saben que lo han de hacer a un nivel que todavía no han visto este año. Por eso la crítica peyorativa hacia una expresión que es blanco fácil -para unos y para otros-, toma dirección hacia lo insignificante. Porque en realidad, el espíritu de Juanito no habla de ganar.

La prueba es que Juanito nunca levantó la orejona. Me di cuenta cuando terminó "la hostia" -como yo la bauticé cuando Bjorn Kuipers pitó el final el miércoles pasado y el rótulo decía que 4-1-, y miré a mi padre, que se estaba medio riendo. Inmediatamente le pregunté "macho, ¿de qué te ríes?", y con ese gesto enloquecido que solo dibuja con un partido del Real, me contestó "les vamos a machacar". Mi padre es madridista, y no ha nombrado a Juanito ni una vez esta semana. Le gusta Mourinho, es más exigente que la media con el uso de la cantera, y cuando va al campo se queda hasta que el partido termina. Con esto he llegado a la conclusión de que no solo "los toreros" apelan al espíritu Juanito, sino que cualquier madridista se agarra a una idiosincrasia a la que algunos, para regocijo de la oposición, ha puesto nombre.

Probablemente Juanito tuvo la culpa de todo cuando, después de una épica remontada frente al Borussia Mönchengladbach en la Copa de la UEFA 1985/1986, salió del campo dando brincos de alegría. Puntualizo, de una Copa de la UEFA, y puntualizo aún más, en octavos de final. Es decir, el éxito, la victoria, aún quedaba lejos, y encima no era en la dominada Copa de Europa. Porque creo que en realidad, esa expresión, "el espíritu de Juanito", tiene más que ver con la alegría que con la victoria. Con el hecho de lograr algo imposible, de demostrar porqué la casaca blanca es la más grande. Tiene que ver con aprovechar el momento que puede servir para escribir una página de gloria en la historia del escudo. El madridismo no sólo dibuja sonrisas en Cibeles, también lo hace cuando demuestra al mundo que es capaz de hacer lo que tú ni siquiera intentas.

El madridismo es absurdo. Es absurdo porque es capaz de enfadarse con Antic a pesar de ir primeros porque no juegan bien, y luego morir por Capello porque sentían ser capaces de acabar ganando una liga que un gran Barcelona dominaba por ocho puntos. Es absurdo porque le importan menos los buenos momentos, y más los que están por llegar. Es absurdo, como los números de Cristiano, como un gol de Raúl con la espinilla, como Casillas contra el Leverkusen, como vencer a Zidane, Del Piero, Davids y Deschamps, absurdo, como su entorno, como remontar 8 puntos, o como perder una liga porque Sanchís le tira a Buyo un pelotazo desde el medio campo. Es absurdo porque le dan la paliza más inesperada en el momento más esperanzador, y sonríe porque tiene la oportunidad de demostrar qué significa su leyenda. Es absurdo, como ganar cinco copas de Europa seguidas.

El madridismo disfruta de la victoria porque siente que es suya, pero absurdamente su predisposición a conseguirla siempre es superior cuanto más lejana parece. Por eso, en el fondo, no solo depende del éxito, si no en disfrutar de él como ningún otro puede. Creerse el mejor y fallar como consecuencia y ganar después para demostrar que tenían razón.  Claro que ganar depende de jugar bien, pero el madridista hoy no solo quiere ganar, quiere hacer algo absurdo. Quizá, gracias a eso, ya hayan hecho cosas imposibles.

"Si una idea no parece absurda de entrada, pocas esperanzas hay para ella". Albert Einstein


miércoles, 6 de marzo de 2013

1.000


Para intentar entender qué sintió Ryan Giggs anoche en Old Trafford, y porqué hizo tan bien lo que hizo, me puse a pensar qué cosas había hecho yo mil veces. Pero claro, qué imprudencia la mía tratar de compararme con semejante mito, así que, cabizbajo, abandoné el cometido. Al rato, dije, bueno, yo no soy quién para haber hecho una cosa mil veces y gracias a eso ahora hacerla muy bien, así que tracé una lista mental con gente a la que admiraba y que sí podía haberlo hecho. De las primeras fue mi abuela, gracias a sus croquetas. No es que lo crea, es que sé que mi abuela hizo croquetas desde aproximadamente los 30 hasta más o menos los 80, una vez a la semana. O sea, 52 semanas al año, multiplicadas por 50 años, son unas 2.600 tandas de croquetas. Así que claro, cuando yo empecé a probarlas, mi abuela ya había superado con creces la barrera Giggs de las 1000 experiencias. Las croquetas de mi abuela eran pequeños pedacitos divinos, fruto de una cuidadosa elaboración de principio a fin. Desde el momento en que comenzaba a rallar pan, pasando por la manufacturación de la bechamel, y terminando en una fritura con baño de aceite de oliva importado desde Córdoba para tal efecto, apartado en la despensa del resto de aceites mundanos. Por supuesto, la fritura era minuciosa, de forma que los pedacitos divinos quedaban lo suficientemente blandos para que se deshicieran en tu boca, pero sin el fastidio de partirse entre tus dedos. Vamos, lo que es hacer las cosas como dios manda. No tengo la menor duda de que mi abuela tenía un talento especial para cocinar, pero el hecho de conseguir tan celestial manjar era fruto de la constancia y la repetición. Lo que decimos, los detalles.

Y detalles es UEFA Champions League, así que Ferguson (que merece capítulo aparte, leyenda viva), decidió que para un partido de tal enjundia, frente a todo a un Real Madrid, necesitaba a quien más y mejor conocía los detalles. Lo de Giggs fue emocionante, para que se te encoja el corazón y el vello se te erice. Si me dices antes del partido que Ferguson va a utilizar a Ryan Giggs, con casi 40 años, como recurso defensivo frente a Fabio Coentrao y Cristiano Ronaldo, no me lo creo. Es que, de verdad, aunque sea Sir Alex Ferguson, no me lo creo. Pero lo hizo, y Giggs no sólo respondió ante tal cometido, si no que además fue un brutal lanzador de contragolpes. A mí me parece imposible jugar como lo hizo Giggs si no dominas la posición como ningún otro jugador en el mundo. Siempre en el lugar adecuado, cerrando la línea de pase justa, obligando al Madrid a salir por su lado malo, y, encima, obteniendo recepciones que eran productivas gracias a su brutal técnica, que activaba contragolpes. Y esa forma de jugar sólo se consigue habiéndolo hecho mil veces. Claro, que aquí llega el matiz más sorprendente. Mi abuela era una maestra de la croqueta, pero no tenía millones de personas en la puerta tratando de hacer mejores croquetas que ella. No tenía millones de personas en todo el mundo esforzándose, haciendo croquetas, y que esto significase que ella tuviera que dejar de hacerlas. Ahí está lo más alucinante: Giggs aún merece jugar. Su lectura del juego, fruto de sus mil experiencias, es casi incomparable, pero además, el tipo es capaz de usar sus caderas, sus brazos o sus hombros para ganarle carreras a Fabio Coentrao. Aún no existe una evidente desventaja física. Me parece impresionante. Por cierto, ahora que termino, acabo de recordar que hay algo que probablemente haya hecho mil veces: ver partidos de fútbol. Y estoy convencido de que si me sigue apasionando, es gracias a tipos como Ryan Giggs.

sábado, 2 de marzo de 2013

Realizadores

El realizador televisivo de un partido de fútbol es un elemento muy singular, ajeno al análisis, pero con un papel bastante relevante en un tema que a priori no tiene demasiada importancia, llamado matiz. Es decir, hay muchos tipos de realizadores. Igual que delanteros, pero en realizadores. El realizador que nos enseña durante los 10 minutos previos las 57 muchachas -rubias, morenas, pelirrojas, castañas, etc-, con un alto índice de atractivo sexual, es el "realizador ariete". En esta definición de realizador no me extenderé mucho más. Luego está el "realizador editorial". Este tipo de realizador frecuenta principalmente la Premier League. Es aquel que antes del comienzo del duelo tiene sobre su mesa todos y cada uno de los rumores semanales, y los plasma si la situación lo requiere. Gran ejemplo, y al alcance del consumidor, el guión cinematográfico semanal de Stamford Bridge. Minuto 16: Verbena pro Di Matteo. Plano de Benítez. Plano de Abramovich. Plan básico del realizador editorial. Hay más, como el "realizador análitico" (este me gusta mucho), que cuando una jugada termina en gol o en una situación relevante nos muestra su inicio -una pérdida, un mal pase, un movimiento clave-. Este realizador mola bastante. Y luego está un tipo de realizador que no sé cómo llamarlo y que esta noche estaba en el San Paolo. Debe ser que no sé cómo llamarlo igual que no sé explicar porqué adoro el Calcio.


Pero gracias a él hemos ido viendo una pelea sin cuartel. El duelo de la noche. La Juventus recuperaba para la titularidad a uno de sus mejores defensas: Giorgio Chiellini. Chiellini te desespera, te muerde, te incomoda, te la quita, y esta noche hasta te tiraba del pelo y te metía gol. Lo que un rival suele decir una jodienda, una putada, o expresiones similares. Eso es lo que ha hecho con el máximo goleador del Napoli, del campeonato, el mejor jugador de su equipo, uno de los mejores de la Serie A, y uno de los delanteros más cotizados del mundo: Edinson Cavani. Un tío que suele recibir esas "expresiones similares" de boca de los aficionados rivales. Y, sí, el partido ha estado muy bien, pero estos dos han resumido la esencia. La pelea debía estar asegurada, no era para menos, era una "partita-scudetto", así que aquí nadie iba a regalar nada. En la primera parte la Juventus ha jugado con un poso inalcanzable para el equipo napolitano. Dormía el partido, controlaba el ritmo, defendía bien, y generaba ocasiones. Pero vaya, descanso, y 1-1. Lo que es el fútbol. En el segundo tiempo Mazzarri tocó la trompeta, como ha hecho varias veces durante el torneo, y quitó a Britos para meter a Dzemaili. A base de disparos desde fuera del área acribillaron a Buffon, con el cuchillo entre los dientes. Lo dicho, lo que era esta pelea, a muerte. Pero vaya, final del partido, y 1-1. Lo lógico en un mundo ilógico es estar toda la semana recordando que Chiellini y Cavani se dieron de hostias. Quién es más cabrón y todo esto. Pero ahí estaba nuestro realizador italiano, para recordarnos que se daban de hostias porque defendían lo que era suyo, y que cuando el balón lo cogía el árbitro ya no había nada que defender. Ya volverán a pegarse cuando el balón tocase otra vez el césped. Cuando Chiellini le devuelva la camiseta a Cavani, y Cavani le devuelva la camiseta a Chiellini.


Quizá por cosas como esta, amiamo il calcio